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PROCESO DE CREACION SOCIAL DE UNA LEY
POR UN PAIS EN DONDE LA CULTURA DE PAZ ORIENTE NO SOLO
A LOS CIUDADANOS SINO Y PRINCPIALMENTE A AQUELLOS QUE
ASUMEN UN LIDERAZGO, DETENTAN UN PODER O TIENEN LA CAPACIDAD
DE MOVILIZACION DE OPINION, DE CREACION DE IMAGINARIOS
O DE FORMACION DE SERES HUMANOS.
PRESENTACION
EL UNIVERSO PACIFISTA: UNA UTOPÍA ABIERTA Y EN
EVOLUCIÓN CONTINUA.
El pensamiento y la acción pacifista
no se agotan en el discurso por la existencia de una sociedad
en paz ni tampoco se limitan a la idea de una resistencia
civil a los desmanes del poder. ¿Pero es posible
ir más allá? se preguntaran incrédulos,
ingenuos, muchos, quizá demasiados, eruditos y
académicos y casi todos los políticos y
tecnócratas.
Podría decirse que pensar sin
la fuerza o respaldo de las armas es un desafío
no superado ni por izquierdas ni por derechas, en ambas
persiste, de manera terca, el revés del proverbio
popular la unión hace la fuerza. Su idea parece
nacer de entender exactamente lo contrario: La fuerza
hace la unión y sobre esta misma idea se entiende
que los individuos se organizan y permanecen en sociedad
por la existencia de un Estado cuyo monopolio de la fuerza
garantiza la paz. De hecho romper esa inmensa paradoja
podría ser un buen punto de partida para cualquier
pensamiento que se aprecie como crítico o subversivo.
Lo más subversivo, entonces,
que se puede nombrar en medio de las infinitas guerras
que se libran en el mundo hoy día y a las infinitas
injusticias y violación de la libertad y los derechos
humanos que se producen en la vida diaria, es un pensamiento
crítico que se enlace con la vida en igual sentido
que lo hace con la libertad. La primera no tiene sentido
sin la segunda. Ese pensamiento crítico no seria
otra cosa que el que alimenta la idea de una revolución
pacifista que asume la crítica como la posibilidad
de descubrir los espacios o territorios de dominación,
de sumisión y de reducción y al descubrirlos,
lucha por trasformarlos. El desafío permanente
en el que se estructura la acción pacifista es
el cambio radical de todas las situaciones de sumisión,
dominación y reducción en el que se encuentre
cualquier persona, comunidad, colectivo o sociedad.
Una idea pacifista está relacionada
entonces con la posibilidad de pensar una utopía
que cuestione de manera radical no sólo la realidad
actual sino también el pensamiento que la sustenta.
Rescatar el valor de la utopía como un horizonte
en permanente ampliación es un paso grande en el
mundo del pragmatismo a ultranza, que no es otra cosa
que la forma menos sutil de imponer una sola visión
de la vida y una única realidad. La Ley de Cultura
de Paz que promovemos busca abrir espacios de pensamiento
y acción que orientados desde los principios de
la no violencia, del pacifismo social, genere una movilización
educativa que transforme visiones guerreristas o bélicas
enraizadas en la vida moderna actual.
No se trataría sólo de
resistir, sino que esa misma resistencia se convierta
en un proceso de transformación de las condiciones
de vida, de las personas, de las comunidades, de los colectivos,
de las sociedades. Se entiende que la revolución
pacifista que se propone es antes que nada una movilización
no violenta hacia la justicia, hacia la solidaridad, hacia
la democracia viva, es decir, hacia la acción ciudadana
y el desarrollo de un gobierno justo. Se entiende asimismo
que un principio incuestionable de tal revolución
es el respeto a la vida sin el cual es imposible avanzar.
La Ley de Cultura de paz es eje fundamental de esa inmensa
revolución pacifista que debe impulsarse en Colombia.
La critica de la cultura de la guerra
y la acción sustentada en una Cultura de Paz que
se contrapone, es voz o lenguaje que permite hacer visible
lo que ha sido ocultado mediáticamente por la supuesta
sensatez del pragmatismo y de lo políticamente
correcto. Pero no es fácil saber con precisión
que hay detrás de toda la información que
circula. No lo es en tanto lo que se entiende por información
no es otra cosa que un producto de consumo maquillado
por publicistas vueltos comunicadores o por comunicadores
vueltos publicistas.
La comunicación toma la belicosidad
del poder y circulan, con más fuerza que las bombas,
lenguajes que ocultan de manera estratégica las
razones de vida. La lucha no puede ser militar. De ella
sólo surgirá la muerte. Tampoco puede ser
sólo intelectual o construida artificialmente entre
los muros de la academia. Una lucha así será
tan elitista como la otra, la armada. Muchísimas
veces los ecos de su razón quedan atrapados en
silogismos verbales de difícil comprensión
para la mayoría o en solemnidades derivadas de
las necesidades de reconocimiento por la que navegan muchos
intelectuales, profesores y científicos.
Pero si el lenguaje de paz debe marcar
distancias del pensamiento militarista, los medios deberían
distanciarse de la violencia como producto de consumo.
La guerra mediática tendría que ser reducida,
sólo así, una comunicación pacifista
podrá llegar a entenderse como alternativa. Los
que desean la paz tienen que abandonar el lenguaje de
la violencia, de la misma manera que los que empujan la
guerra tendrían que abandonar las armas. Pero si
lo que entendemos por pacifismo es una corriente de pensamiento
que se opone a lo militar también es o debería
constituirse en un movimiento ciudadano que se oponga
a las injusticias. Una movilización cultural que
alimente el alma epocal de nuestro país. Tarea
nada fácil cuando el mundo ha sido empujado a un
individualismo a ultranza que hace mella en las relaciones
políticas, sociales y económicas. Estamos
inmersos en una red de intereses que no dejan ver lo que
somos. Los intereses están por encima de nuestros
principios y también, por esta razón, estamos
más dispuestos a luchar por lo personal llegando
a convertir nuestros lugares de trabajo y nuestras sitios
de vida en trincheras que nos protegen del dolor de los
demás. Lo poco que sabemos de los demás
lo contemplamos absortos en la televisión y de
ella desprendemos nuestra visión de la realidad.
El pacifismo y la no violencia son una
lucha por trastocar los valores que han sido impulsados
por los distintos poderes pero también puede pensarse
como una opción política que se alimenta
de los ideales de una sociedad justa en donde los derechos,
que son territorios de conflicto político, no pueden
ser escenarios de guerra como tampoco ser postergados
en el juego de los poderes económicos internacionales.
Pero ¿Cómo plantear una lucha pacifista
en medio del militarismo dominante? ¿Cómo
hacer visible este dominio en medio de una comunicación
neutralizada por los mismos violentos? ¿Cuál
puede ser el camino no bélico para lograr lo que
deseamos? ¿Es acaso posible pensar una sociedad
desmilitarizada?
No son fáciles las respuestas,
tendríamos que mirar con mucha atención
las infinitas formas de trabajo comunitario, de colectivos
y movimientos que desde la solidaridad y la cooperación
se oponen, con más éxito del publicitado,
a la injusticia y logran lo suyo poco a poco desde los
mínimos que surgen del respeto por los demás.
Renovar la idea de revolución
y enlazarla con la idea pacifista es el primer camino.
Desmilitarizar la idea de revolución y llenarla
de lenguaje en donde lo humano se oponga de forma radical
a lo inhumano y la justicia desplace la fuerza o el poder
de lo crematístico se vuelve uno de los desafíos
de esa Revolución Pacifista que es deseada por
la inmensa mayoría.
Pero esta revolución es opuesta
a la idea de una democracia sólo de representaciones,
también a la idea de una democracia en sentido
estrictamente político, como lo es así mismo
de un estado sustentado en la fuerza o su monopolio. La
transformación radical de las formas de pensar
no parece suficiente, es urgente la mutación más
fuerte de las formas de actuar. La liberación del
dominio único de una estética de la publicidad
y de la virtualidad es otro de los retos que habría
que afrontar desde esa idea en ciernes que es lo revolucionario
pacifista. Abrir la mente a la crítica para poder
ver lo que se vende como bello y empujar con pasión
una reinterpretación del arte como expresión
inequívoca de lo que somos. Un paso en firme es
el desarrollo y puesta en práctica de la Ley de
Cultura de Paz que abra caminos, senderos, espacios, lugares
infinitos de convivencia y paz.
Con el riesgo que significa, preferiríamos
hablar de una cultura pacifista nacida de la vida misma,
que de lo que se llamó en su momento una cultura
política. Entendemos entonces que la revolución
pacifista es también una revolución cultural
y por lo tanto es desde los cimientos o si se prefiere
desde el mismo ser humano en donde debe nacer.
Pero esto no es tarea fácil.
Se cruza y produce un inmenso conflicto con la idea dominante
de educación. Se confronta de forma irremediable
con los lenguajes que circulan y plantea quizás
uno de los más fructíferos desafíos:
la resistencia lingüística como forma de lucha
contra la uníformación, contra la uní
dimensionalidad, contra la unicidad del pensamiento. Contra
el desconocimiento de la diversidad y la reducción
de la pluralidad a mero juego electoral.
Es en este sentido que se entiende que
el lenguaje es ante todo espacio de dominación.
Y también que la comunicación y los medios
tienen que ser objeto de crítica. Pero así
mismo es fácil ver como los medios son sólo
uno de los espacios en donde se construye ese dominio.
La escuela y las instituciones son también caja
de resonancia de esos lenguajes y es en ellas en donde
se promueven con todo éxito la inclusión
del niño, del joven, de la mujer a esa sociedad
de los consumos y las competencias mercantiles. Es en
esas instituciones en donde se dibuja con tinta indeleble
la idea de una sociedad competitiva y también la
idea de esa sociedad como un escenario de lucha entre
los humanos.
La escuela está pensada para
responder a las necesidades del mercado y este para garantizar
las ganancias del capital. Ese enlace entre una cosa y
otra pone la educación contra la pared, en tanto
para lograr la inserción exitosa de todos en el
mercado, posterga la urgencia de formar espíritus
libres y solidarios. La educación comparte con
los medios la responsabilidad de presentar como lo posible,
aquello que es alcanzable en competencia y reduciendo
los demás a posibles contrincantes. En esa confrontación
por la vida nace gran parte de la idea de una confrontación
armada. También la idea de una defensa de lo propio
por los medios legalmente establecidos sean estos legítimos
o no.
Allí en la vida diaria como lugar
de confrontación se construyen las transgresiones
más sutiles y a la vez más profundas de
lo que somos como humanos. La idea de paz no puede ser
pensada sólo en épocas de guerra. No es
la presencia de los conflictos bélicos lo que debe
forjar una idea pacifista. Es la necesidad de transformar
la sociedad y las relaciones políticas, económicas
y sociales lo que aparece como urgencia. No se trata entonces
sólo de encontrar la Paz como un estado ideal de
vida sino de crear o construir escenarios que garanticen
los derechos y la vida pacifica. No se trata de luchar
por lograr la Paz sino de vivir en paz y esto es un reto
humano permanente, lleno de tensiones y conflictos que
sólo se resuelven pacíficamente en tanto
aceptemos que lo violento es un extremo de nuestra naturaleza
que debe ser neutralizado desde principios y acuerdos
político éticos que alienten la democracia
como sistema vivo.
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