Tiempo de acción
Mañana puede ser tarde.
El tres de agosto de 2007, la Casa Blanca
convocó una Conferencia Mundial sobre el Cambio
Climático para los días 27 y 28 de septiembre.
El propósito del Presidente Bush podía ser
positivo, pero también constituir - como tantas
otras comisiones, paneles, etc. que proliferan actualmente
a escala local y global - una manera de posponer la toma
de decisiones, que es lo que realmente importa a la humanidad.
No más demoras. No más informes. No más
reuniones para acordar lo que ya está acordado
desde hace años. Reuniones para decidir aspectos
prácticos complementarios, sí. Pero los
diagnósticos ya están, en su mayoría,
hechos. Y bien hechos. El mérito mayor corresponde
a las Naciones Unidas que, a pesar de su marginación
por las grandes potencias, han dejado en la década
de los años noventa y hasta hoy mismo, excelentes
propuestas de acción, entre las que destacan los
Objetivos del Milenio en el año 2000, ratificados
cinco años más tarde en la Cumbre de septiembre
de 2005. Por eso, cuando ahora se convocan nuevas conferencias
sobre lo ya convenido, cuando se aplaza su puesta en práctica,
cuando se oculta la falta de voluntad política
en la realización de nuevos estudios, la comunidad
internacional debe oponerse a estas maniobras y reclamar
a los gobiernos el cumplimiento de sus responsabilidades,
sobre todo cuando, en muchos fenómenos físicos
y sociales, pueden alcanzarse puntos de no retorno.
Es la “ética del tiempo”.
El deber de actuar antes de que, en todo proceso potencialmente
irreversible, se alcance una situación (patológica,
climática, de comportamiento...) sin marcha atrás.
En consecuencia, es necesario fomentar – y ejercerla
por las instituciones y personas preparadas para ello-
la capacidad de anticipación, de previsión,
de acción a tiempo. No se trata tan sólo
de conocer el tratamiento adecuado sino de aplicarlo oportunamente.
Actuar a tiempo... extrayendo las lecciones
del pasado, pero sabiendo en todo momento que el pasado
puede describirse, debe describirse lo más fidedignamente
posible, pero que ya está escrito. Lo que sí
debe poder escribirse con total libertad por las generaciones
venideras es el futuro, su presente. Tener memoria permanente
del futuro, sabiendo distinguir lo importante de lo urgente
y abordando las instituciones apropiadas los grandes retos
sociales, económicos, culturales, ambientales,
energéticos, morales... de nuestro tiempo. Los
ciudadanos deben ser activos y nunca más resignados,
sumisos, espectadores pero no actores, que contemplan
pasivamente e incluso con indiferencia lo que sucede en
su entorno.
Es tiempo de acción, de no ser
simples receptores de informaciones frecuentemente sesgadas,
sino actores que participen, cada uno en su ámbito,
teniendo presente la máxima de Burke: “Nadie
comete mayor error que quien no hace nada porque piensa
que sólo podría hacer muy poco”. Todas
las semillas, sin excepción, son necesarias. Todos
los granos de arena. Todas las gotas, como recordó
la Madre Teresa de Calcuta a un famoso escritor que se
excusaba de que su contribución fuera pequeña,
“como una gota en el océano”, dijo.
Y Madre Teresa añadió rápidamente:
“Si esta gota le faltara, el océano la echaría
de menos”.
En el año 1956, en la Conferencia
General de la UNESCO celebrada en Nueva Delhi, el Pandit
Nehru puso claramente de manifiesto que la alta función
que correspondía a la organización intelectual
de las Naciones Unidas era la de actuar como “conciencia
de la humanidad”. Esta es la misión que corresponde
a los educadores, a los creadores, a los artistas: recordar,
en medio de las turbulencias, del vocerío, de los
bandazos, cuáles son los puntos de referencia,
las balizas que deben guiar nuestra andadura.
Para “comportarse fraternalmente”,
como establece el artículo primero de la Declaración
Universal, es indispensable repartir mejor. ¿Desarrollo
para qué, para quién? Para dotar a los ciudadanos
de las capacidades que les permitan utilizar por sí
mismos o, al menos, colaborar en la utilización
de sus recursos, de tal manera que las condiciones de
vida cumplan unos mínimos que eviten flujos emigratorios
y la incubación de resentimientos. Para asegurar
la igualdad de oportunidades y la inexistencia de discriminación
por lugar de nacimiento, etnia, etc. Para hacer posible
el principio supremo de la igual dignidad de todos los
seres humanos.
Es tiempo de acción. Más
que nuevos informes, diagnósticos, recomendaciones
y resoluciones lo que falta son acciones, cambios sustantivos
aconsejados por el rigor científico que permitan,
muy rápidamente, reducir el gasto militar y aumentar
los fondos que hagan posible de forma urgente, como exigencia
ya inaplazable de la conciencia mundial, que dejen de
morir miles de personas cada día por inanición
y por falta de acceso a tratamientos adecuados para su
salud y calidad de vida.
Para hacer frente a los grandes retos
de nuestro tiempo es necesario contar con unas Naciones
Unidas reforzadas, dotadas de los recursos humanos y financieros
adecuados, con la autoridad que se requiere para evitar
la marginación y despego de que han sido objeto
en las últimas décadas.
Inspirados por lo que representaba el cambio de siglo
y de milenio, los Jefes de Estado y de Gobierno, reunidos
en las Naciones Unidas en septiembre del año 2000,
declararon solemnemente que se esforzarían en cumplir
los Objetivos del Milenio: I. Valores y principios; II.
Paz, seguridad y desarme; III. Desarrollo y erradicación
de la pobreza; IV.
Protección de nuestro medio ambiente
común; V. Derechos humanos, democracia y buena
gobernación; VI. Proteger a los más vulnerables;
VII. Satisfacer las necesidades especiales de África;
y VIII. Reforzar las Naciones Unidas.
Es imperativo abordar los grandes desafíos
a escala mundial, antes de que su posible solución
ya no sea efectiva. ¡Ética del tiempo! La
energía, el medio ambiente, la salud,… son
los retos a los que debemos responder conjuntamente.
A través de la moderna tecnología,
puede tener lugar la mejor expresión de la voz
del pueblo, de la solidaridad a nivel mundial. La sociedad
civil tiene ahora, además de su innegable papel
protagonista en la ayuda solidaria, la posibilidad no
sólo de hacerse oír sino de hacerse escuchar.
Es tiempo de acción, de sustitución
de la fuerza por la palabra. Ahora, con Shimon Peres Presidente
de Israel y con las circunstancias que concurren (Gaza
incluida), es posible acelerar un acuerdo de paz en el
Oriente Próximo que representaría el principio
del fin de otros muchos conflictos.
La cultura de paz, como modelo ético
y político, puede resolver la creciente bipolaridad
actual, la que opone y divide, hasta niveles inhumanos,
a los ricos y pobres de la Tierra. Frente a los retrógrados
que se refugian en el terror y el dogma, debemos buscar
o inventar nuevas fórmulas. Debemos dar un giro
total al concepto de democracia: el sujeto principal de
la democracia es el ciudadano y no el Estado. Es la gente.
¿El siglo XXI, siglo de la gente? Para ello es
imprescindible no guardar silencio. Es imprescindible
participar. La voz del pueblo. Corresponde hablar sobre
todo a las comunidades científica y académica,
a los intelectuales y creadores, porque, como Gracilaso,
exclamamos: “Yo que tanto callar ya no podía!”.
O, siguiendo el verso reciente de Rafael Guillén
en “Los dominios del cóndor”: “No
había sitio en que albergar tanto silencio”.
Es tiempo de acción.
Federico Mayor Zaragoza
Presidente de la Fundación Cultura de Paz
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