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Sesenta personas mueren en Bogota
Un performance de pacifistas sin fronteras ocupo por minutos la Plaza de Bolívar
Los cerros de Bogota estaban cubiertos, la inmensa nube que cubre los cerros de Monserrate y Guadalupe los días de invierno dejaba ver solo la punta de la iglesia. La gente empezaba a caminar rápido buscando escapar de una empapada, todos parecían buscar cobijo y todos, también, parecía presentían que algo iba a suceder.
En la esquina de la carrera séptima con Jiménez caía una ligera lluvia, pocos metros y enfrente había muerto en 1948 Jorge Eliécer Gaitan; casi sesenta años han pasado de lo que muchos dicen fue el origen de la ultima violencia colombiana, que aun no termina, y solo una semana de la aparición del libro de Arturo Alape, El cadáver Insepulto, en donde el escritor colombiano narra acontecimientos de esa época.
Las imágenes del 48 y las del 2005 se confundían, unos huían de la lluvia otros corrían detrás del cadáver de Roa Sierra que estaba siendo golpeado a manera de rito de exorcismo histórico y buscando el culpable donde no estaba. Todos en el fondo del alma sabían que si avanzaban hasta la plaza de Bolívar lo encontrarían en alguno de los edificios que concentran el poder nacional. Ese era el valor de llegar allí, mostrar que la muerte que ronda la plaza de muchos pueblos colombianos pisaba fuerte y su huella no podría ser borrada con el discurso o la fuerza que usa el poder para ocultar su violencia.

Los ecos de las voces de ese nueve de abril todavía retumban en la memoria y son también los mismos gritos que se repiten de manera continua entre muchos, millares, centenares de miles de ciudadanos de este país que han muerto sin saber la causa de su asesinato, de tantos que, aun teniendo una bandera blanca y pacifista en la mano, han sido muertos por culpas que nunca supieron donde habían nacido, como tampoco en donde estaba el origen de toda esa crueldad con la que los violentos marcan su pisada.
En medio de ese eco de historias y sesenta años después, unos sesenta colombianos, se organizaban para caminar desde el sitio que parece haber parido la violencia, la esquina que era un cruce de caminos e historias; el lugar en donde se bifurca la vida nacional, hasta la plaza de Bolívar para allí morir en un acto simbólico. Eran las once de la mañana del domingo once de septiembre. Un año mas del atentado de las torres gemelas y las imágenes de los aviones estrellándose aparecieron implacable en lo noticieros de esa noche, todo se repetía, todo era igual La invasión a Irak, la de Afganistán y toda la estrategia de Bush contra lo que se llamo el terrorismo, eran parte el escenario de la marcha, del performance que Pacifistas sin Fronteras había creado para mostrar que la muerte ronda la plaza y que una inmensa mayoría no ha tomado en serio la idea de una paz con justicia que debe cubrir este planeta.

Caminaron desde la esquina manchada de rojo. Fueron de manera lenta avanzando en fila india. Parecía que fueran al cadalso. Eran de todas las edades, hombres y mujeres. Parecían felices ante la idea de morir en la plaza. La camiseta blanca que todos vestían y las bombas del mismo color que llevaban en su mano, daban a la imagen una gran fuerza. Sergio, el que iba a la cabeza grito con voz de condenado, "Ven a morir en la plaza" y todos lo imitaron haciendo de eso un estribillo de muerte que erizaba los pelos del más valiente.
El camino, desde el sitio de partida a la plaza era de unos cuatrocientos metros, La duración del recorrido, si nada sucedía, seria de cinco minutos. Avanzaron en medio de la extraña invitación de morir que la gente tomaba en serio unos y en broma otros. Llegaron al la Plaza de Bolívar y los gritos la inundaron espantando palomas que levantaban el vuelo y volvían rápidamente por el maíz que le gente les tiraba.
 
La fila blanca rodeo la plaza y su fue volviendo un circulo estrecho, se arremolino y en silencio cada uno tomo un pequeño vaso, casi a manera de cáliz, que estaba lleno de un liquido rojo. El círculo a medida que se cerraba iba expulsando las palomas y estas marcaron una distancia prudente que les diera tranquilidad. Revoloteaban, casi alegres, cuando una explosión de sesenta bombas lleno hasta el mas escondido rincón del lugar.
 
Después, el silencio reino, cada uno de los pacifistas cayo al piso cubierto de sangre, la gente que se había amontonado preguntaba que había pasado, que porque tanta violencia. Nadie respondió. Nadia ha respondido nunca. El silencio sobre lo muertos reina campante en el círculo cerrado del poder central.
 

 
 
 
 
 
 
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