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En
memoria de Luisa Fernanda Solarte,
quien estará siempre en nuestros corazones.
La paz y la palabra
Un paseo lento por la historia humana nos deja ver con optimismo
que siempre en épocas de grandes convulsiones, de crisis
y de guerra, en muchos rincones del planeta se abren ventanas
de sensatez, se levantan voces de amor y aparecen hombres y
mujeres que se niegan a pensar que matar sea la respuesta. El
testimonio de inteligencia, de valor y de compromiso registrado
en las Palabras de Paz por los premios Nobel dejan clara la
esperanza.
Para la inmensa mayoría la vida es sagrada. Si, como
dice Elena Poniatowska en el prólogo del libro Palabras
de Paz,
"la humanidad en tres mil años sólo
ha logrado vivir trece días sin guerra",
esos trece días deberían convertirse en un oasis
de optimismo en donde habría que acercarse para abrevar
y calmar la sed de poder, de ambición y de victoria.
En esos pequeños e infinitos oasis, la humanidad encuentra
la clave de la no destrucción. Esas islas de felicidad,
esas tierras de fertilidad, no son una época o momento
de la historia: están presentes y tenemos la obligación
de descubrirlas en la vida cotidiana y en los valores que han
sido ocultos por la frenética carrera de lo que llaman
progreso.
De la misma manera que las lluvias anuncian una hermosa cosecha
y llenan el corazón del labriego de esperanza, la palabra
y la acción de los hombres y mujeres pacifistas llenan
de optimismo la vida. Esa radical responsabilidad sobre lo que
decimos y lo que hacemos es la más potente de las virtudes
pacifistas y, a su vez, es la más temida de las armas
para los violentos. Los asesinatos de Gandhi, de Luther King
y de muchos desconocidos pacifistas, muestran cómo para
los violentos ser pacifista es una de las peores amenazas. Pareciera
que no armarse llena de debilidad al violento. Pareciera que
la acción pacífica cuestiona hasta lo más
profundo del espíritu guerrero. Pareciera que silenciar
a aquel que sabe de solidaridad y amor es una oscura estrategia.
Pero si las armas, la muerte y el silencio son los medios de
sometimiento que los violentos tienen como su mayor tesoro,
la palabra, como expresión de la razón y esencia
de la comunicación humana, es para los pacifistas el
único camino para lograr la vida en comunidad, en sociedad.
A los humanos nos une el lenguaje. De su mano la inteligencia
se desarrolla, avanza y construye. Como humanos somos posibilidad
de comunicación, de interacción, de intercambio.
Nos hacemos humanos en nuestra relación con los otros
y con ellos ampliamos el sentido de la vida. Sólo en
el diálogo entre seres se podría descubrir una
sociedad pacifista. Una sociedad sin violencia. Se puede afirmar
que esa sociedad no ha existido nunca, pero no poderlo soñar
es tan inhumano como creer que la violencia es la única
salida; que el dolor producido en la guerra y el horror es superado
por el tiempo; que la víctima y la tragedia se diluyen
en el olvido; que la resignación ante la muerte de inocentes
es renuncia a una sociedad pacífica. No podemos seguir
creyendo que la muerte violenta de tantos seres humanos es humana.
Aceptarlo es eliminar de tajo la posibilidad de vivir humanamente.
Del
dolor no puede surgir sólo odio o deseo de venganza o
resignación. Tiene que surgir una potencia humana, pacifista,
que sea capaz de conmover a los violentos. Que sea capaz de
transformar su sed de muerte, en deseo de justicia. Una potencia
cuya única arma sea la palabra. La palabra, tanto como
la paz y la política, tiene la misma inicial en nuestro
idioma. El que se arma renuncia a la palabra, renuncia a la
política, renuncia a la paz. Las razones para armarse
no pueden seguir siendo las razones para asesinar; tampoco las
razones para llegar a lo más profundo de la miseria humana,
ni las razones para defender privilegios o injusticias. Si los
hombres luchan por la justicia, esa lucha debe ser pacífica,
debe ser política. La dignidad humana está por
encima de cualquier opción de lucha. El respeto por la
vida de un solo individuo es el respeto por la humanidad. Como
afirma Kofi Annan:
"Un genocidio empieza con el asesinato de un solo
hombre: no por lo que él ha hecho, sino por ser quien
es. Una campaña de limpieza étnica empieza con
una sola pelea entre vecinos. La pobreza empieza cuando a
un solo niño o niña se le niega el derecho fundamental
a la educación. Lo que comienza con el fracaso por
mantener la dignidad de la vida, con mucha frecuencia termina
en una catástrofe para naciones enteras".
El fracaso en la conservación de la dignidad humana
es un fracaso político. Nace de la imposición
de las ideas de unos sobre otros, de los intereses de unos sobre
otros, de la actitud política de considerar a los demás,
a otras comunidades y a otras culturas, de menor valor. El no
reconocimiento de otras culturas es ya un hecho que atenta contra
la dignidad humana; de ese no reconocimiento brota el germen
del genocidio, de allí también nace la idea de
sometimiento.
Descubrir una sociedad pacifista
El descubrimiento de una sociedad pacifista puede estar tan
lejos como su conquista, pero sabemos que el derecho a la vida
como horizonte, y la justicia como su escenario, no son utopías:
son deberes humanos que no pueden ser postergados. Tienen que
ser construidos colectivamente: sin mentiras, sin armas, sin
la fuerza. Un escenario de justicia no puede tener ni la sumisión,
ni la pérdida de libertades, ni el uso de las armas como
principios. Construir la sociedad justa a la fuerza o desde
el despotismo y el autoritarismo, es la menos justa de las proposiciones.
Va en contravía de la dignidad humana.
Es necesario ampliar o transformar las ideas que alientan la
guerra. Existe en el lenguaje de los medios, expertos y políticos,
conceptos que pueden encontrarse en la base del pensamiento
bélico: es más humano afirmar que el Estado debe
tener el monopolio de la inteligencia, que aceptar ciegamente
el de la fuerza, que ha mostrado con creces su fracaso. El que
se arma para crear un Estado sobre la misma concepción,
es un eterno animador, prolongador de la guerra.
Aquellos que prometen un Estado mejor empuñando las
armas, prometen el mismo infierno, con otro uniforme y otras
palabras, pero finalmente, el mismo infierno. No existe ninguna
razón para matar, como tampoco existe un gran hombre
que haya asesinado, que haya matado.
La
vida no puede ser violentada de la misma forma que la justicia
no puede ser postergada. Lo justo es avanzar libremente hacia
la sociedad deseada por el camino de los acuerdos. Eso es lo
indeseable para los violentos. Lo justo debe ser encontrar los
caminos inteligentes para respetar a los otros, con sus distintas
religiones, con diferentes formas de vivir o soñar. Lo
injusto sería silenciar las diferencias y establecer
el imperio de la fuerza que no es otra cosa que el imperio de
la sinrazón y de la esclavitud, de la sumisión.
Es inhumano pensar que la manera de lograr nuestra libertad
es haciendo esclavos a los que no piensan como nosotros. Reducir
el mundo a una sola visión política, social, o
cultural, o a una sola hegemonía es, además de
ampliar las posibilidades de una catástrofe, declarar
la guerra a la razón. No se trata sólo de una
confrontación bélica: va mucho más allá.
Se trata de una batalla frontal de la barbarie contra la humanidad.
De la estupidez contra la cultura. De los que pretenden introducir
de nuevo al hombre en las cavernas, contra aquellos que pensamos
que la vida humana y animal son el mayor patrimonio de este
pequeño planeta. Sí: la lucha por la supervivencia
puede ser superada por la defensa radical de la vida. De ella,
de esa defensa activa y pacifista brota el optimismo por la
especie humana. Sabemos que el hombre y la mujer son aliados
de la vida, así mismo, sabemos que la ambición
derrota continuamente a la sensatez, que ella es fuente permanente
de odios y enemistades, que el mundo oscuro de las ambiciones
poluciona con más éxito del deseado el espíritu
de los hombres y de los estados.
Habría que mirar con total atención crítica
el presupuesto educativo que habla de la ambición como
fuente de éxito. Allí podríamos encontrar
muchos de los males que nos ahogan. Allí pueden también
estar las claves para la comprensión de algo que nos
enmudece: la competencia entre seres humanos no sólo
deja muchos derrotados, sino una inmensa cantidad que no llegan
a ninguna meta: millones mueren de hambre en países del
sur, millones mueren violentamente en confrontaciones inútiles
en medio del terror y del odio, muchos se suicidan creyendo
que la muerte es mejor que la vida, millones están sumidos
en la miseria para que unos pocos millares disfruten el paraíso
artificial construido por el dinero.
No se trata de creer que la paz es sólo ausencia de
violencia o de la muerte. Es mucho más: es escenario
de la vida política y de una cultura que reconoce sus
propios conflictos y los resuelve por el camino de los acuerdos.
Sí: la paz es reconocimiento de los derechos humanos
en su más amplia acepción, desde el derecho intocable
y sagrado de la vida, hasta los derechos del ser humano a la
educación o la salud. Pero es necesario no sólo
entender, sino también aceptar que la lucha por el logro
de los derechos humanos no puede ser violenta. Es contradictorio
e inaudito que se mate y se violente a otros seres humanos,
en nombre de los derechos humanos y de la justicia. No es ni
comprensible ni aceptable la violación del derecho a
la vida para el logro de otros derechos. Tampoco lo es pensar
que la justicia puede ser postergada sin violar los derechos
humanos. El arma más humana para el logro de la justicia
es la no violencia y ésta es acción pacífica
al tiempo que pedagogía pacifista. Es desafío
al pensamiento belicista que se ha arraigado en el espíritu
de los estados modernos y en los más difundidos paradigmas
políticos.
Habría que empezar a debatir con sinceridad e inteligencia
el camino más acertado para lograr una sociedad justa.
No una sociedad local justa, sino, con mayor urgencia, una sociedad
planetaria en donde la justicia sea el motor del desarrollo.
Las
situaciones extremas de la vida presente en el planeta nos hace
pensar que, como humanos, sería obligatorio llegar a
soñar y lograr cosas distintas a la promesa del consumo,
a la promesa de un paraíso en otras vidas. Las urgencias
de la miseria no dan espera. Este planeta es un planeta con
hambre y con demasiada sed de poder. Es posible que esto último
sea la causa de lo primero. Pero, como humanos, no podemos esperar
grandes mutaciones biológicas para transitar hacia la
justicia. No podemos esperar que el desarrollo tecnológico
nos salve de la miseria, si ésta se encuentra oculta
en lo más hondo del espíritu de la época
y es promocionada por la cultura de la ambición y la
competencia.
El desarrollo no puede ser alcanzado sobre la base de esa cultura;
tendrá que ser sobre la base de una cultura de la solidaridad
y la libertad, o estar condenado a ser crecimiento desigual
e injusto. No se trata sólo de encontrar un equilibrio
entre la producción y el consumo. Tampoco de la expansión
hasta las últimas consecuencias de la frágil frontera
ecológica. No es osadía pensar que los humanos
podríamos vivir con mucho menos si disminuyésemos
la ambición y trastocásemos el pensamiento que
privilegia la posesión, por el de la cooperación.
Tampoco es una aventura en la nave de las utopías poder
llegar a soñar seres que fertilizan el planeta de bondad,
alegría y entusiasmo de vida y que encuentran océanos
de satisfacción sólo con la idea de poder cooperar
en edificar un mundo mejor.
Si pudiésemos disminuir la tecnologización de
la vida y recargar con sentido de vida y humanidad el desarrollo
tecnológico, es posible que llegásemos a percibir
otras fuentes de justicia y de producción amigable con
el planeta. Sin embargo, aunque parezca una cruel paradoja,
la aceleración del desarrollo tecnológico parece
hacer crecer la brecha entre pobres y ricos, como también
el espíritu de conquista y de reducción y sumisión
de unos pueblos por otros. La ficción inútil de
una sociedad de la opulencia empuja una idea de consumo y depredación
insostenible. El hombre parece haber triunfado como inventor
y fracasado como humano. Su capacidad de inventiva lo encumbra
como especie pero parece derrotarlo como ser justo con sus semejantes.
En palabras de Albert Schwitzer:
"El hombre se ha convertido en superhombre. Es un
superhombre porque tiene a mano no sólo fuerzas físicas
intrínsecas, sino que también gobierna gracias
a los avances científicos y tecnológicos , fuerzas
latentes de la naturaleza, que él ya puede utilizar.
Sin embargo, el superhombre sufre una falla fatal: no ha alcanzado
el nivel de sobrehumana inteligencia que debería equilibrar
su fortaleza sobrehumana. Y necesita dicha inteligencia para
usar ese vasto poder sólo con fines razonables y útiles,
no para fines destructivos y homicidas".
Entonces, no es una cuestión de algunos ecologistas
que sueñan con la defensa a ultranza de la naturaleza,
pues hace ya 50 años que Schwitzer nos advertía,
cuando recibía el Nobel de Paz, que esa sobre-estimación
de nuestra fortaleza, o de nuestra creatividad, podría
estar dibujando una mentalidad que engendraría destrucción,
no sólo por el camino de la guerra, sino también
por el sendero de un modelo económico y social que se
nutre, antes que de la solidaridad, de un individualismo a ultranza
casi ingenuo que hace creer al ser humano que, antes que ciudadano,
es individuo que lucha en una carrera frenética por sobrevivir.
Sí: no es nueva, ni pretende serlo, la invitación
a un cambio de mentalidad; éste también era el
propósito del mismo Schwitzer, quien lo relacionaba con
el tema de la paz:
"El que la paz llegue o no, depende de la dirección
que tome la mentalidad de los individuos y después,
a su turno, la de sus naciones".
Sin embargo, esa carrera desenfrenada por imponer una mentalidad
de competencia se ha ido trasladando con bastante éxito
del plano del individuo al de las naciones. En dicha carrera
habría que hacer un alto para pensar con cautela y prudencia
si esa competencia de las naciones no iría a crear un
inmenso cementerio de culturas y naciones que, por no estar
interesadas, no estar en igualdad de condiciones o no compartir
esa mentalidad, irán a ser arrasadas junto con gran parte
del patrimonio de la cultura humana y de los vestigios y claves
para lograr una vida mejor. La vida no puede ser alimentada
por valores inhumanos; derrotar o reducir a otro debe dejarnos
en la boca algún sabor amargo. Aunque parezca una ironía,
la victoria no nos puede dejar tranquilos de la misma manera
como tampoco sumisos nos pueda dejar la derrota. Los fracasos
nos podrían enseñar la forma de llegar sin atropellar
al otro, sin dejar rastrojos humanos en el camino.
Tendríamos
que abrir las compuertas del corazón para comprender
el dolor de los demás y, desde allí, iniciar la
construcción de lo que Dalai Lama propone como santuarios
de paz, territorio de respeto por los otros y la naturaleza.
El respeto, como principio de acción y pilar o cimiento
de la vida en comunidad. Respetar al otro es no asaltarlo en
su confianza, no romper las lealtades creadas desde la amistad,
no hacer de la palabra un medio de seducción y de demagogia
política. Los desafíos pacifistas no se trasladan
sólo a los deberes del Estado o a los compromisos políticos
de los grupos. La mentalidad pacifista obliga al respeto diario
de los compromisos, como padre a hijo, como vecino a amigo.
Violentar a uno de tus semejantes es un acontecimiento demasiado
grande para ser minimizado. Traicionar a un amigo puede ser
el origen de una rotura insondable. Los conflictos humanos siempre
existirán, pero solucionarlos por el camino de la violencia
en sus distintas expresiones es una actitud contraria a la humanidad,
al humanismo. Sí: descubrir la sociedad pacifista significa
aceptar el humanismo como fuente de pensamiento. Humanismo y
pacifismo son hermanos naturales, nacen como oasis de optimismo
en el desierto del pensamiento bélico. Se contraponen
de forma radical al lenguaje militarista.
La vida siempre será conflicto entre lo que pensamos
y lo que deseamos. También entre el corazón y
la mente, entre el espíritu que sueña con la libertad
y la vida diaria repleta de tentaciones, de trampas que nos
alejan continuamente y de forma implacable del camino pacifista.
La acelerada forma como se desarrollaron los medios nos han
permitido conocer cómo la tecnología puede alcanzar
metas altísimas, pero, al mismo tiempo, nos ha hecho
percibir, como lo decía Martin Luther King en 1964, que:
"Para sobrevivir hoy, debemos eliminar nuestro 'retraso'
moral y espiritual. Si no hay un crecimiento proporcionado
del alma, los crecientes poderes materiales auguran crecientes
peligros. Cuando el 'afuera' de la naturaleza del hombre subyuga
el 'adentro', oscuras nubes de tormenta comienzan a formarse
en el mundo".
No es un pensamiento mágico, ni trágico, es realismo
que desde hace ya cuarenta años anunciaba los instantes
que vivimos actualmente. Los momentos de guerra no están
desligados de eso que King llama "retraso moral y espiritual".
Diría, buscando precisión, que están ligados
a una moral monetarista y al espíritu de conquista que
aún prevalece después de los fracasos del siglo
XX. No es la tecnología lo que nos ha sumergido en la
guerra, es la prevalencia del espíritu bélico
de muchos de aquellos que lideran el mundo.
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